Es difícil precisar con certeza la fecha en que la hamaca, hayabil-kaan en maya, que significa “cordeles para tenderse”, adquirió carta de naturalización en Yucatán. Desde fines del siglo XVI se encuentran referencias a ella en diversas obras históricas, y es probable que antes de esa fecha su uso ya estuviera extendido en la península, aunque no fue sino a través del tiempo que su forma, elaboración, materiales, etcétera, llegaron a ser los que actualmente conocemos.

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Todo parece indicar que los conquistadores encontraron por primera vez hamacas en las Antillas, y que su uso y elaboración, por las condiciones climáticas características del sureste, se difundieron rápidamente en todos los niveles de la población. Así, aunque la hamaca no sea originaria de estas tierras, su uso e introducción datan de hace más de cuatro siglos y es en Yucatán donde a través del tiempo ha llegado a su mayor elaboración y desarrollo.

Los artesanos yucatecos perfeccionaron poco a poco la técnica de elaboración de la hamaca antillana, pues crearon el tejido con que se sigue urdiendo hasta hoy, para que la red resultara más cerrada y sin nudos. El calor y la humedad imperantes la mayor parte del año fueron excelentes razones para que así cristalizara, de la mano de la necesidad, aunada a la inventiva maya, un lecho aéreo y portátil que se ha convertido, al paso de los años, en símbolo de las costumbres y del modo de vida yucatecos.

El tejido de una hamaca constituye una labor cuya complejidad depende del diseño que se desee obtener, de los colores empleados, de la anchura de la hamaca, del estilo del tejido -entre ellos, el de abanico, tablero, plumilla, espuma de mar, crepé y arroz- y de los acabados, como orlas de encaje o borlas. Es importante tener en cuenta que se trata de un trabajo totalmente artesanal.

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